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Caminata bajo el sol

5 de julio de 2014

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ancianos-maleconCaminaban. Ella, genéticamente optimista, contaba las cuadras vencidas. Él, pesimista de nueva creación, contaba las pendientes. Ella buscó un tema de conversación, algún recuerdo hilarante. Y habló de aquella compañera de trabajo que él también conoció, que era buena persona, un poco rara en las costumbres, pero cumplidora. Con un “uf”, él dio a entender que ni la recordaba, ni le importaba recordarla. Ella no hizo caso y continuó hablando en alta voz para ella misma.
“Vivía a veinte cuadras, pero venía a pie. Y por la tarde, también se iba a pie. Y así fue como se ganó el sobrenombre de «la del sombrerito». Porque usaba un sombrero para guarecerse del sol aunque la gente se reía de ella, inclusive nosotros. Y antes de irse, llenaba de agua fría un pomo plástico que siempre llevaba en la cartera que más que cartera era un almacén.”.
Llegados a ese punto, él pidió, mejor dicho, clamó por un receso. Ella, recalcitrante optimista, lo necesitaba y no lo pedía. Así le mostraba a él en silencio, un mentiroso “yo soy más fuerte que tú”.
Encontraron asilo bajo un balcón, comprobado primero su fortaleza arquitectónica. Ella dirigió la mirada a otro balcón adornado de macetas. Admiró a un perrazo prisionero en un segundo y se maravilló ante la blancura de unas sábanas dignas de la canción de Gerardo en el tercero. Él miró hacia abajo. Detalló la acera agredida por un vecino al abrir la entrada para un garaje forzado. Aplicó sus conocimientos matemáticos para contabilizar los desniveles del asfalto, los huecos de diferentes figuras geométricas.
Pasados unos minutos, reanudaron la marcha. El rey sol, no aquel rey francés, sino el indestructible, estaba derrochando color y calor. El cansancio los dominaba. Ella retornó a su monólogo interrumpido:
“El otro día la encontré. Caminando como siempre y con una cartera almacén. Solo cambió el sombrero. Llevaba una pamela cómica. Era la mayor de todos en el trabajo y se conservaba bien para sus años”.
El anciano la interrumpió. Y en voz irónica le expetó: “No estaría sudando como tú ahora porque la pamela cómica la protegía del sol. Y seguro llevaba la botella de agua en la cartera enorme para evitar el golpe de calor. El que estamos al borde de sufrir tú y yo”.
La anciana optimista buscó una salida airosa. Se fijó en la cafetería próxima y decidió invitar al esposo a un refrigerio con todos los gastos pagos. Esta vez, el pesimismo de él la derrotó. Él le recordó que posiblemente el agua del refresco no estaba hervida y ni siquiera tenía las goticas recomendadas.

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