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Los hermanos Jorge y Guillermo Anckermann

11 de abril de 2014

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En nuestra sección incluiremos hoy una de  un artículo que el 9 de octubre de 1944 el escritor costumbrista Federico Villoch dedicó en su sección «Viejas postales descoloridas», del Diario de la Marina, a los hermanos Guillermo y Jorge(1877-1941) Anckermann Raffart, este último compositor y director de la orquesta del mítico teatro Alhambra desde 1912, función que ejerciera hasta el cierre de ese coliseo, en 1935, cuando se desplomó gran parte de tal inmueble.

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El viejo actor alhambresco Guillermo Anckermann, hermano del inolvidable maestro Jorge, nos remite la siguiente carta que tenemos el mayor gusto en incluir en este anecdotario de Alhambra, que desde hace algunas semanas venimos publicando.
«Muchas personas —nos escribe Guillermo— nos decían que mi hermano Jorge y yo nos parecíamos bastante, al extremo de que a cada rato me confundían con él. Hace algunos años, cuando el café de aquel teatro era de don Félix González y no pensaba yo, ni por asomo, en formar parte de la compañía, usted mismo me confundió una vez con Jorge. Estaba yo sentado junto a una de las mesas del mencionado café, cuando salió usted de la contaduría, se dirigió a donde yo estaba, se sentó a mi lado y me dijo, empleando la frase cariñosa con que de costumbre se dirigía usted a su colaborador:
—Oye, «Cola», la letra del número que te di…
—Yo no soy Jorge —le dije,sin dejarle terminar, y acordándome del consejo de mi hermano de que aclarara enseguida cualquier equivocación de ese género que se presentara.
—¡Ah, perdone! — me dijo usted, alejándose entre asombrado y apenado.
Hace poco estaba yo junto a la puerta de la Sociedad de Autores, en donde trabajo, cuando me puse a contemplar como bajaban un piano del tercer piso de una casa que se halla frente a dicha Sociedad, y cuyo inquilino, un doctor cuyo nombre no es del caso mencionar, se estaba mudando, cosa que dicen hacía muy a menudo porqueno pagaba nunca los alquileres de las casas donde vivía. El mencionado doctor, al mismo tiempo que contemplaba cómo bajaban los agencieros su piano, me miraba de vez en cuando a mí también, como si tratara de reconocerme, al extremo de que no pudiendo contener su curiosidad, vino a donde yo estaba y me dijo:
— ¿Qué hay, Anckermann?
— Ya usted lo ve —le contesté— sin darme cuenta de que me confundía con mi hermano Jorge.
—¿Qué le parece ese piano? — me preguntó.
— Me parece que está un poco alto —le contesté, queriendo hacer un chiste malo.
—Sí, pero ya lo bajan..
—Cada vez que lo veo a usted me acuerdo siempre del teatro Alhambra.
Yo lo dejaba habla sin sacarlo de su error, para oír las cosas que me decía. Y aquí la pregunta de siempre, y que a usted también se la hubieran hecho muchas veces.
—¿Qué edad tiene Regino?…¿Es verdad que Acebal es abogado… ¿Cuánto ganaba Luz Gil? Villoch ya debe estar llegando al siglo, ¿eh? Y dicen que es millonario..
— Sí —le contesté— pero ha perdido mucho en esto de la guerra.
— Y Regino dicen que tiene también buena plata.
—¡Uf!, mucho más que Villoch, porque hizo la contrata de los cazasubmarinos americanos y ganó una fortuna.
Los preguntones se tragan las «bolas» más imposibles, pero, así y todo, continúan preguntando y tragando.
— Oiga, Anckermann—insistió— usted tenía un hermano que trabajaba en la compañía de Alhambra.
Yo, medio amoscado y sin querer contestarle debidamente, le decía a todo que sí.
—Por cierto —continuó el doctor— que el pobre era bastante malo como cómico… ¡Qué pesado era! ¿Y qué ha sido de él?…
— Y yo, reventando cmo una bomba, le dije:
—No señor,; ya él no trabaja en el teatro. Ahora lo que hace es mudarse todos los días, pues se ha vuelto un sinvergüenza, que no paga nunca los alquileres de las casas donde vive y es un charlatán insoportable.
Ya usted puede suponerse cómo se alejó el doctor: echando chispas como si fuera un robot de los que usan los alemanes».

Y aquí termina la carta del viejo amigo y compañero de aquellos años de trabajo, de glorias y de buena suerte.
Lejos de ser un mal cómico, a Guillermo Anckermann se le escribían papeles muy buenos y con arreglo a sus facultades, los que desempeñaba a la perfección, como el poeta decadente de Las damas de las camelias; el filósofo Diógenes deLa República Griega, buscando un hombre con su linterna; el rey Alfonso XII en El sardinero de Santander de la obra El Patria en España, y otros a que se acomodaba su figura, su hablar y demás detalles. En el elenco de Alhambra no había ningún cómico malo, ni podía haberlo; porque en cuanto el público se daba cuenta de su inutilidad, con sus trompetillas y sus voces de «¡fuera! ¡fuera!» lo obligaba a retirarse enseguida por el foro. Afortunadamente fueron casos muy contadísimos. El cómico malo no sirve más que para murmurar de sus compañeros, y encontrarle defectos a sus obras. Eran dos joyas del teatro Alhambra: los hermanos Anckermann.

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