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La Avellaneda y Dulce María Loynaz

7 de febrero de 2014

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avellaneda510ec9d175ce7_cropEstas jornadas en que celebramos el bicentenario del natalicio de la eminente poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda han despertado en mí el recuerdo de un suceso que vincula a esta autora con una escritora del siglo XX también de estirpe camagüeyana: Dulce María Loynaz.
Pocos meses después del golpe de estado de Fulgencio Batista en 1952, con motivo de la construcción del Teatro Nacional en la Plaza Cívica, se desató una polémica en torno a la licitud patriótica de dar el nombre de la autora de Baltasar a la institución. Resulta llamativo el que el asunto no comenzara como un debate intelectual, sino como una cuestión política, que pasó a la prensa con ciertos ribetes amarillos.
El periodista Rafael Soto Paz publicó un artículo en el diario Prensa Libre, en el cual negaba rotundamente la cubanía de la Avellaneda. Se apoyaba, según él, en el criterio del Capitán Vilardell Tapis, por entonces presidente del Consejo Provincial de Veteranos de Camagüey, quien a su vez, se hacía supuestamente eco de los criterios de esa asociación y de ciertos círculos femeninos locales. Por esta razón se reclamaba que el nombre que debía llevar el nuevo coliseo era el de la poetisa Luisa Pérez de Zambrana, sin tener en cuenta que esta no tuvo vínculos visibles con las artes escénicas.
Decidió entonces Dulce María Loynaz asumir la defensa de la Tula y para ello quiso ir a la raíz misma del problema. Preparó la conferencia La Avellaneda, una cubana universal, y la impartió en el Liceo de Camagüey, el 10 de enero de 1953. A propósito escogió una sociedad conformada por ricos hacendados y hombres dedicados a la política, en general bastante impermeables a los empeños culturales, pero cuyo amor propio era necesario despertar, por resultar ellos la fuerza más influyente del territorio ante el gobierno central por su peso económico y político.

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El texto, publicado poco después en La Habana, en un folleto sin datos editoriales, rebasa con mucho su empeño inicial para erigirse en una valoración de la escritora, moderna, desprejuiciada y a la vez de alto vuelo poético, oculta, sin embargo, en su interior, la sólida estructura de un discurso jurídico. Bajo las dulzuras de la prosa, está la sólida acumulación de pruebas, para demostrar que la Avellaneda lleva en sí a la vez una innegable cubanía y una condición universal que no puede disputársele. Hay pasajes memorables como este:
La tierra no es un modo de estar, sino un modo de ser. El modo de estar depende de muchas cosas…Pero el modo de ser solo depende de Dios. Gertrudis Gómez de Avellaneda tuvo un modo de estar entre los españoles, un modo digno por el cual ella nada perdió y Cuba salió ganando.
Pesaba mucho esa mujer y en aquel momento solo España tenía brazo poderoso para levantarla. La levantó y debemos agradecer el esfuerzo y guardar la mujer para nosotros.
Las líneas finales del texto son una conminación a los oyentes para actuar de inmediato en defensa de la autora que pretendían marginar:

 

Ved que es vuestra Tula a quien se llevan entre ruindades y pequeñeces.
[…]
Es a ella a quien nos arrebatan, y esta vez para siempre.
No lo permita Dios, amigos presentes. Ni lo permita el Camagüey bravío.
¡A rescatar a vuestra Tula, aunque sea como en la gesta heroica, con un puñado de corazones!
¡A rescatar vuestra amazona, aunque sea como dijo Agramonte, solo con la vergüenza!

Tras esta intervención y las de algunas otras personalidades de la época, el gobierno decidió por fin dar una solución “salomónica” a la denominación del teatro. Se llamó Avellaneda a la sala grande, mientras a la pequeña se le bautizó como Covarrubias, pero no se colocó nombre propio alguno para identificar la institución. Concluido tras el triunfo revolucionario, así ha quedado hasta hoy.

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