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Camagüey, un singular perfil cultural

22 de noviembre de 2013

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El próximo 2 de febrero, la ciudad de Camagüey, antes Santa María del Puerto del Príncipe, cumplirá medio milenio de existencia. Es ocasión de preguntarnos, ¿qué la hace singular distinta al resto de las poblaciones del país?


Alguien ha dicho que una ciudad se conoce sobre todo por la imagen que de ella dejan los viajeros. Eso es cierto, aunque sólo en parte. No faltaba razón a Antonio Bachiller y Morales cuando es sus “Recuerdos de mi viaje a Puerto Príncipe” concluye que en la ciudad valen más las personas que los edificios:
Dicen algunos viajeros que en el Norte de América valen más los edificios que los hombres, para el trato y la comunicación social estos, y alguno ha preferido los baños de San Diego a los afamados de Saratoga: sea de esto lo que fuere, en Puerto Príncipe es a la inversa. Pocos caracteres llevarán ventajas a la sociabilidad camagüeyana.
En sentido contrario, tampoco carecía de razón el norteamericano Samuel Hazard cuando se admiraba del aspecto añejo del territorio:
Puerto Príncipe es probablemente el pueblo de aspecto más antiguo y singular de la Isla. Puede decirse de él que no ha variado desde que lo fundaron, y como el mundo va tan aprisa, parece un lugar de un millón de años de antigüedad; y por el estilo de los trajes, podría creer el viajero que había vuelto a los días de Colón.
Sin embargo, son precisamente sus habitantes quienes pueden reconocer, de modo muy especial, ese particular perfil cultural de la ciudad. Y es que este proviene, primero de una tradición que los diferencia de otras regiones de la isla: porque fue en este enclave rodeado de haciendas ganaderas donde un misterioso grupo literario dio a la luz el Espejo de paciencia en 1608, porque allí se desarrolló un patriciado muy diferente de la burguesía esclavista del occidente de la Isla y este favoreció el surgimiento de figuras claves para nuestra cultura como Gertrudis Gómez de Avellaneda, Gaspar Betancourt Cisneros, José Ramón de Betancourt y la suma de todos los valores de una época: El Mayor General Ignacio Agramonte y su fiel esposa Amalia Simoni.
Eso explicaría muchas cosas: el hecho de que el territorio abriera el siglo XX con aportes excepcionales a las vanguardias literarias: Nicolás Guillén, Mariano Brull y Rolando Escardó dan fe de ello y también que acá naciera una de las figuras más singulares de la plástica cubana: Fidelio Ponce de León o que fuera uno de los primeros lugares en el interior del país en poseer academias de ballet gracias al empeño de dos pioneras: Gilda Zaldívar y Vicentina de la Torre, precursoras del actual Ballet de Camagüey.
Por esta razón no hay que asombrarse cuando los visitantes que hoy llegan a la ciudad, sean cubanos o extranjeros, constatan con asombro que el territorio posee no sólo una compañía de ballet y una orquesta sinfónica que muchas ciudades de América con mayor número de habitantes no soñarían con tener, sino que además su Museo Provincial “Ignacio Agramonte” tiene una colección privilegiada de pintura cubana sólo superada por el Museo Nacional o que la colección de Fondos Raros de su Biblioteca Provincial atesora ejemplares valiosísimos para la cultura del país.
Sin olvidar ese otro singular patrimonio, el humano: en la ciudad viven escritores, músicos, bailarines, artistas plásticos y también profesionales de diversas especialidades científicas y deportistas cuya ejecutoria, altamente apreciada en la Isla, ha desbordado sus fronteras y es altamente apreciada en otras latitudes, desde México a España y desde el Cono Sur Americano hasta los más recónditos países del Asia.
Tenía razón Don Antonio Bachiller, Camagüey tiene algo distinto: es una cultura que nadie podrá arrebatarle.

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