La divina claridad del alma cubana
14 de agosto de 2026
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Presentación de una nueva edición del libro de la Editorial Boloña “Playita de Cajobabo: irradiante presencia”, del historiador holguinero Cosme Casals, durante la 36 Feria Internacional del Libro en Cuba.
Les ofrecemos el prólogo escrito por la Dra. Magda Resik, Directora de Comunicación de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, Cuba
LA DIVINA CLARIDAD DEL ALMA CUBANA
En premeditada coincidencia con el centenario del líder de la Revolución cubana Fidel Castro Ruz, presentamos a los lectores de Ediciones Boloña esta reedición de Playita de Cajobabo: Irradiante presencia, de la autoría del investigador y patriota holguinero, Cosme Casal Corella.
Su libro, cuando ni pensaba conocerlo personalmente y anhelaba tener la oportunidad de andar por esos sitios coligados al historial de la patria, fue la referencia necesaria para descubrir un episodio sagrado del devenir nacional. Sabía de la indagación minuciosa de Casal sobre el desembarco de José Martí y Máximo Gómez, junto a otros revolucionarios cubanos, el 11 de abril de 1895, por Playitas de Cajobabo.

En el texto se funden los profundos conocimientos que posee sobre la geografía y el entorno natural holguinero, su cercanía a la percepción martiana de la ruta emprendida para reiniciar en 1895 la que denominó guerra necesaria por la independencia de Cuba y la posibilidad de emplear el fabuloso testimonio del diálogo que, sin revelar su identidad, sostuvo Fidel en noviembre de 1976 con Salustiano Leyva, un guajiro de Cajobabo quien tenía problemas de visión, pero gozaba de una lucidez impresionante para recordad cada detalle de del día en que conoció a Martí.
Casals nos describe las bellezas de un paraje donde abundan los farallones naturales, las hermosas playitas, las criaturas de la naturaleza, muchas de ellas endémicas, que fueron enunciadas también por el Apóstol en su detallado diario de campaña. Las cotorras, el cao, el tocororo, el zorzal, el sinsonte, los chipojos y baboyas, la jaiba de arroyo, el tetí, las jutías, las caletas que adornan los despeñaderos. Mucho nos habla de esos seres vivientes que también poblaron Cajobabo cuando los taínos habitaron la zona entre 1310 y 1520.
Todo entusiasma en su escritura. Cada joven cubano debería leer este libro y saber mucho más sobre esos sitios del alma nacional de los cuales venimos. A Eusebio Leal debo también el deseo contenido y materializado años después, cuando en abril de 2024, junto a mis compañeros del secretariado de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, anduvimos por Playitas y llegamos al poblado de Cajobabo.
En ese sitial se entiende muy bien del sacrificio de aquellos próceres. Habría que imaginarse un barquichuelo en medio de las aguas procelosas. El agreste paisaje de rompientes y rocas, nos habla de aquella noche tormentosa del desembarco y de la determinación de esos hombres que llegaron al rancho de los Leyva e impresionaron a Salustiano. “Martí era delgado y menudo, tenía la frente ancha y hablaba muy bonito”, le contó a Fidel el sobreviviente de esa familia cuando tenía 92 años.
Salustiano debe haberle visto al Apóstol la luz en el rostro por la inmensa dicha al saltar a tierra cubana, aquella noche de 1895. Cuatro días después, en las inmediaciones de Baracoa, “en Cuba libre”, Martí le escribió a Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra, desde “una vega de esos montes”: “Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado y arrastrando la cadena de mi patria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo. Este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen al sacrificio.”
Martí creyó en “la guerra necesaria” y en su tiempo Fidel supo que “la guerra se hacía necesaria”. Alguna vez confesó el Comandante en jefe, aludiendo al Delegado José Julián: “Por él me convertí en revolucionario y su enorme influencia en mí durará hasta el último aliento de mi vida.”
De toda esa sensibilidad y pasión nos habla este libro pequeño, pero inmenso en su amor por Cuba. El texto de Casal es un monumento a los humildes de esta tierra, a los mambises y a quienes iniciaron luego la Revolución definitiva en el año del centenario del Apóstol, decididos a entregar su vida por ver libre e independiente a la patria.

La noche del centenario del desembarco de Martí y Gómez, en medio de circunstancias muy hostiles para Cuba, el líder de la Revolución cubana decidió regresar al que calificó como un “monumento natural”, donde el farallón se le antojó “un símbolo del poder de España y las dificultades que la Revolución tendría en su camino.”
Alguna vez me contó Eusebio Leal, el Historiador de la Ciudad de La Habana, que esa noche en la cual acompañó a Fidel, junto a un grupo reducido de compañeros, el cielo estaba cerrado y una oscuridad recogía el silencio de todos ante tanta solemnidad del momento.
Fidel avanzó unos pasos sobre el agua en rompiente de la orilla. Llevaba una bandera cubana que ondeó hacia los cuatro puntos cardinales. La suerte estaba echada. De pronto, las nubes abrieron paso a la luna y una luz tenue comenzó a despejar las brumas, como si de esa irradiación se iluminara el camino de Cuba. Tal vez haya sido la divina claridad del alma del Apóstol con que los hombres se ofrecen al sacrificio.
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