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Mis recuerdos de Mariana de Gonitch

18 de febrero de 2022

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En un extenso período que organicé conferencias-recitales en teatros e instituciones culturales de La Habana, tuve el privilegio de recibir, en más de una ocasión, el apoyo de Mariana de Gonitch (1900-1993), quien, con ímpetu juvenil, acompañaba al piano a alumnos suyos y a artistas consagrados formados bajo la guía de la ex cantante y profesora de origen ruso.

Uno de sus estudiantes —con el que había iniciado cierta amistad—, me invitó un día a que lo acompañara a una de sus jornadas con la exdiva y, cómo la curiosidad no tiene límites, decidí seguirlo. Ella me recibió haciendo gala de su invariable cordialidad e inició la clase. Aunque nunca lo confesó, mi amigo posiblemente terminó la jornada con deseos de irse a ver a un foniatra por las intensas vocalizaciones a que lo sometiera la pedagoga. Si hago honor a la verdad, él estaba empeñado en ser cantante sin poseer las condiciones para ello. Un timbre desagradable y una desafinación desmedida emanaban de su órgano vocal en un grado tal, que ni los empeños del mejor profesor del mundo lograrían transformar.

Por mis lazos afectivos y profesionales con la soprano Alina Sánchez conocía  las exigencias de la De Gonitch en cada clase. Al respecto me dijo durante una entrevista: «No puede olvidarse que Mariana es una cantante de una rigurosa formación musical europea y, además, tiene el privilegio de poseer una gran cultura literaria y artística. Llegó a cantar con divas y divos de su época y eso significa un alto nivel de preparación, de trabajo profesional, el cual ella comunica a sus alumnos. Tuvo una técnica vocal precisa, segura, y lo más importante que me legó, fue la importancia de iniciar la clase a una hora específica, de hacer vocalizaciones, mover la voz en determinada  forma, o sea, paulatinamente, y, cuando  llegue el momento en que esta se encuentre preparada, empezar el estudio de  una obra desde el punto de vista musical, la pronunciación en el idioma que fue compuesta y pensar en cómo actuar. Ese método suyo que conocí muy joven me ha servido de mucho en mi carrera artística. Mariana me lo inculcó con esa fuerza suya de carácter, pero, al mismo tiempo, es una mujer lo suficientemente inteligente para estimular los resultados de sus discípulos. Por eso pienso que es justamente el ejemplo de una verdadera pedagoga».

Mariana de Gonitch nació en San Petersburgo. Estudió solfeo, piano y ballet en el Conservatorio Imperial de su ciudad natal y, a los 17 años de edad, empezó a recibir lecciones de canto del profesor Vreanitnicoch y más tarde de la mezzosoprano  Medea Figner y Cesare Sturani, primeras  figuras de la compañía de ópera del teatro Marinsky.

Tras el triunfo de la Revolución de Octubre en Rusia, Mariana se radicada en París junto con su madre y hermana. Estuvo entre los discípulos del famoso tenor Paul Lhéire, y recibió clases magistrales de repertorio de la soprano Elizaberth Kutcherra, estrella de temporadas wagnerianes en teatros de Viena, Berlín y Leipzig. Y, con carácter  profesional, debutó en 1923, en el Teatro de los Campos Elíseos, al interpretar la Doña Ana, de la ópera Don Giovanni.

Tras desechar a veinte sopranos, el eminente bajo ruso Fiodor Chaliapin la seleccionó en 1928 para protagonizar a su lado la Margarita, de Fausto, en los Städtische Opera de Berlín y Leipzig, bajo la dirección musical de Emil Cooper. En lo adelante son sucesivos sus éxitos en numerosos títulos del género operístico: Madama  Butterfy, Aida, Tosca, Cavalleria rusticana, El trovador, Thais, Johnny Strikes, Eugenio Oneguin, La dama de pique, Guillermo Tell, Tristán e Isolda, Tannhäuser, Lohengrin, entre otras.

Alternó con prestigiosas personalidades de su época: Tito Schipa, Ivan Petroff, Giovanni Martinelli, Lauri Volpi, Armand Tokatian, Pavel Lúdikar, Miguel Fleta, Carlo Morelli, Grace Moore, Eugène Bigot, Ricardo Stracciari, Aureliano Pertile, Eleonora Corona, John Charles Thomas, Margarete Matzenauer, Dimitri Mitropoulos… Entre los exigentes escenarios en que actuó figuraron el Liceo de Barcelona, Teatro Real (Madrid), Teatro da Trindade (Lisboa), Teatro de la Ópera de Montecarlo, Gran Teatro de Ginebra, Teatro de la Ópera de Boston, Teatro de la Ópera de Filadelfia, Meca Temple (Nueva York), salas Gaveau y Pleyel (París), Teatro de la Ópera de Marsella…

Mucho después de su matrimonio en París con el saxofonista y compositor cubano Pedro Guida, arribó a La Habana el 9 de agosto de 1940. Debutó en esta capital el 30 de septiembre de ese año en el Auditórium, en ocasión de escenificarse Cavalleria rusticana con un elenco multinacional contratado por Pro-Arte Musical. Durante sus años de labor en Cuba cantó en otras temporadas de tal sociedad, en espectáculos programados en diferentes teatros, ofreció recitales y trabajó en varias radioemisoras, fundamentalmente la RHC-Cadena Azul.

Durante 1945 recibió a su primera alumna: la soprano Esther Valdés, a quien preparó durante un lustro y luego presentó en un concierto. La genial intérprete de zarzuelas cubanas y españolas nos comentaría sobre su maestra: «La relación con ella comenzó al llevarme una persona a su casa para que me oyera cantar. Tras escucharme, se dio cuenta que había un buen material vocal, pero que yo era una especie de brillante en bruto. Cuando expresó su disposición de darme clases, le expliqué que no podía pagárselas por la precaria situación económica de mi familia. Ella me respondió que eso no tenía que ver, que lo importante era el resultado del trabajo a emprender. Y así fue. Desde entonces he estado con Mariana, quien fue una notable cantante operística y una autoridad como profesora de canto, a la que muchas veces aún consulto. Es una mujer muy sencilla, muy humana. Su vida es enseñar. Siempre tiene su academia llena de alumnos, sobre todo gente joven, a la que transmite sus conocimientos. Sus alumnos la quieren mucho, al igual que yo. Siempre tengo que acordarme de Mariana de Gonitch, pues fue una  segunda madre para mí y todo lo que soy se lo debo a ella».

 

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Aparte de Esther Valdés y Alina Sánchez, en distintas etapas también estudiaron en la Academia de Canto de Mariana de Gonitch otras figuras del arte criollo: Maggie Carlés, Marta Estrada, Mirta Medina, Fernando Álvarez, Isaac Delgado, Tomás Morales, Mario Travieso, Ana Julia García Ramos, Hugo Oslé, Bernardo Lichilín…

Al ofrecérsele una homenaje por su vida dedicada al canto y la formación de generaciones de artistas en el decenio de los años ochenta, del pasado siglo,  Nicolás Guillén escribe:  «Una mujer como Mariana de Gonitch, que ha ligado su vida a la del país que escogió para residir y enseñar, conmueve el temperamento más insensible, y cuando podemos ver el fruto de esa adhesión, y hay cientos de hombres y mujeres formados artísticamente por ella, la impresión que recibimos es la de estar ante un gran fresco en el que un solo artista ha podido llevar a feliz término tan grande manifestación, útil y a la par profunda, de sabiduría y bondad».

En tales menesteres se mantendría Mariana de Gonitch hasta poco de su muerte, en 1993.Con respecto a su actividad pedagógica, nos había declarado declaró durante una entrevista que le grabamos  cuatro años antes: «Para mí es muy importante cómo se forma un alumno […]. Es muy importante, primero, que el cantante ame lo que hace y se dedique a ello con amor. Como hago yo con las clases. Me dedico a impartirlas con amor, porque me gusta ver un alumno que progresa. Siempre digo que es una pequeña flor que viene, crece y se abre».

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