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Revelaciones del científico habanero Rubén Rodríguez Gavaldá  (2009/10/14)

Por María Victoria Pardo y Rolando Aniceto

La Habana Vieja tiene un encanto especial, por ser la parte más antigua de la ciudad… pero es muy cerrada, muy apretada por la gran cantidad de edificios y de gente. En realidad, para vivir me gusta más el Vedado, es increíble la fuerza emocional que provoca la cercanía del mar, el Malecón… aunque La Habana Vieja desemboca también en el mar, en el puerto. Lo que más me gusta es la parte restaurada por ese gran hombre que se llama Eusebio Leal y, particularmente me apasionan las azoteas, desde las cuales dominas un mundo. La azotea representa como un poder, el poder de ver lo cotidiano desde las alturas. Es algo fascinante.
Nunca viví en La Habana Vieja, de La Víbora me trasladé a El Vedado, en este barrio se ha desarrollado mi vida de adulto. Aquí tuve a mi única hija, Patricia, quien eligió una profesión que, de cierta manera, se relaciona con la mía: yo soy médico, ella es arquitecta. Ambos tenemos en el centro de nuestra atención la salud. Yo me ocupo de seres humanos, ella de las edificaciones.
Llegué a la medicina porque era un viejo compromiso contraído conmigo cuando, a los 12 años, me operaron de apendicitis y alguien preguntó: “¿Qué vas a ser cuando seas grande?” “¿Yo? – pregunté asombrado y dije sin mucho pensar: – médico”. Así quedó sellado mi destino.
Graduado de Doctor en Medicina en la Universidad de La Habana, en 1941, casi desde el inicio de mi carrera estuve vinculado a los niños y como especialidad, a la alergia  y a la inmunulogía. Todavía atiendo a cerca de 200 pacientes alérgicos cada semana en el Hospital Infantil “William Soler”, de La Habana. Para mí lo más importante es trabajar para los niños. No hay alegría más grande que controlar a un niño alérgico y facilitarle  dormir la noche entera.
Lamentablemente el 32 por ciento de la población cubana es alérgica y cada año más de 20 000 neonatos se suman a los cuatro millones de personas con “manera distinta de reaccionar”, según la etimología del vocablo alergia, creado en 1906, por el pediatra vienés Clemens von Pirquet.
Nosotros, en el servicio de Alergia e Inmunología del hospital “William Soler” hemos acumulado experiencia con un proyecto de detención del crecimiento de la población alérgica y desestabilización de la existente, al cual podrían sumarse los obstetras y alergólogos que lo deseen. La estrategia es aplicar la Inmunoterapia Metaespecífica y Adyuvante por vía sublingual, con lo cual se lograría un paciente de tolerancia. El obstetra verifica si la embarazada, su cónyuge o algún familiar padecen de asma, rinitis, urticaria, dermatitis o migraña, mientras que el alergólogo aplica la inmunoterapia a la madre y al hijo, desde el nacimiento y durante la infancia.

Con su hija Patricia

No sé por qué una de las visiones más recurrentes, a mis 94 años, está todavía relacionada con mi padre, Laureano Rodríguez Torres, veterano de la Guerra de Independencia. Lo recuerdo recostado en el sofá de la casa de La Víbora. Murió, probablemente de tuberculosis, y cuando se lo llevaban a enterrar yo repetía una y otra vez: “Me voy contigo”. Quizás, quería seguir lo que él representaba, así que de cierta manera, lo conseguí.
Nací en 1914, en el barrio de La Víbora, un lugar al que su ubicación geográfica sobre una loma, le da condiciones ambientales excepcionales. De ahí que numerosas familias de La Habana Vieja se trasladaran hacia ese lugar, y se asentaran en sus magníficas casas-quintas.
Los muchachos que vivíamos ahí éramos famosos por la “salud de hierro”. Imagínate, pasábamos el tiempo jugando al aire libre. Practicábamos la quimbumbia, como recordaríamos años después Raúl Roa y yo.
Como mi madre, Enriqueta Gavaldá Inda, tenía mala situación económica para mantener ocho hijos, y la viruela andaba por ahí llevándose niños y hasta personas mayores, me recibió como hijo el matrimonio compuesto por el asturiano Aquilino Camino Vega, uno de los dueños de la tienda Los Precios Fijos y la matancera María Luisa Avellanal y Bango. Gracias al amor que me ofrecían, participé de las prebendas sociales reservadas a los de mejor situación económica: asistí al Miramar Yacht Club, donde practicaba natación, deporte que me puso tan “en forma” que, según decían algunos amigos, exagerados, claro, llegué a parecerme al actor norteamericano que interpretaba a Tarzán.
Los Camino me facilitaron estudiar inglés y francés y la matrícula, en los años 30, en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana. Era el edificio recientemente inaugurado en la manzana comprendida entre las calles Monserrate, Zulueta, San José y Teniente Rey. Fue un privilegio asistir a una escuela de tanta magnificencia acabadita de estrenar, con tres pisos, proyectada por el arquitecto Benjamín de la Vega de forma rectangular. Allí sucedió la primera de las luego famosas “tánganas estudiantiles”, contra la dictadura de Gerardo Machado, el 30 de noviembre de 1930. Por esa época dirigía el plantel el coronel Espinosa, pero no sólo eso, la militarización llegaba hasta los alumnos, cuyos uniformes se parecían a los del ejército. Muchachos al fin y al cabo, quitábamos las insignias con las letras IH (Instituto de La Habana) para parecer soldados y no pagar en las guaguas y los tranvías.
Épocas más o menos convulsas en el país, no impedían el desarrollo del Carnaval de La Habana. Qué distracción. Era una gran fiesta, sana, con sus carrozas y comparsas tradicionales, confetis y serpentinas por el Paseo del Prado, desde La Punta hasta el Parque de la Fraternidad, donde las carrozas, camiones, muñecotes, figurantes, coches y autos descapotables daban la vuelta. Yo me disfrazaba de payaso y entraba a bailar a las sociedades españolas que había en La Habana Vieja; el baile me fascina, principalmente el son y la rumba, ritmos que todavía disfruto cuando damos algún paseíto mi esposa Marina y yo, por la sociedad canaria, en la calle Monserrate.

Orgullo de la ciencia médica cubana

Rubén Rodríguez Gavaldá se graduó de Doctor en Medicina en la Universidad de La Habana en 1941, ganó una plaza por concurso oposición en el Hospital Infantil Antituberculoso de La Habana en 1944. Ese propio año comenzó a trabajar en un dispensario estatal de Alergología, donde adquirió conocimientos en el laboratorio de preparación de alergenos y de aerobiología para el estudio de los factores ambientales de riesgo.
En 1955 cursó una residencia en Pediatría en el hospital de Brooklyn, en New York, Estados Unidos. En 1960, en su condición de fundador del Hospital Pediátrico Universitario “William Soler” de La Habana, organizó el servicio y el Laboratorio de Alergia e Inmunología, donde se han graduado más de un centenar de alergólogos y han cursado estudios de post-grado médicos extranjeros.
En 1967 disfrutó de una beca del gobierno francés en el Instituto de Inmunobiología de París y a su regreso introdujo en Cuba los conocimientos básicos de Inmunología.
El Profesor Rodríguez Gavaldá ha participado en congresos y reuniones científicas, donde ha presentado trabajos, en más de veinte países de América del Norte y del Sur, del Caribe, Europa, Asia, y África.
Fue fundador, junto a la Doctora Melba Hernández, del Comité de Solidaridad Cubano con Viet Nam, y del Partido Comunista de Cuba.
Actualmente es el Presidente de la Sociedad Cubana de la Medicina, y del Tribunal Estatal de Otorgamiento del Grado de Doctor en Ciencias del Instituto Superior de Ciencias Médicas de La Habana “Victoria de Girón”.




   

 

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