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Jack Johnson y la pelea del siglo en La Habana
(2007/01/06)
Por: Miguel Ernesto Gómez Masjuán http://columnadeportiva.wordpress.com

Uno de los acontecimientos más polémicos en la historia del deporte cubano fue la pelea de boxeo por el título del mundo de los súperpesados entre los norteamericanos Jack Johnson y “la esperanza blanca” Jess Willard, celebrado en 1915 en La Habana.
Sobre el desenlace final del combate se especuló mucho.
Pasarían años para que la verdad se conociera.
El Hipódromo Oriental Park de Marianao estaba repleto de público.
Sobre el ring, dos corpulentos hombres comenzaron a intercambiar golpes.
El del short claro era Jack Johnson, negro, de 1.85 metros de estatura y peso en 97 kilogramos.
El otro era mucho más alto y también más pesado, exactamente 109 kilos, blanco y se hacía llamar Jess Willard. Uno tras otro transcurrían los rounds.
Al principio todo indicaba que Willard no podría resistir por mucho tiempo los golpes de Johnson; pero a partir del round 25, Jack mostró señales de agotamiento.
Sus golpes no tenían la misma potencia y casi corría por el ring, perseguido muy de cerca por Willard.
El público presentía el desenlace de la pelea.
En el round 26, Willard impactó, con su mano derecha, el rostro de Johnson.
Este se tambaleó y cayó a la lona. Hasta ahí todo parecía normal; pero cosa extraña, Johnson, supuestamente noqueado, estaba tapándose el sol con la mano.
El árbitro inició el conteo de protección, 1, 2, 3….10 ¡ Fuera ¡ Willard había ganado la pelea del siglo y era el nuevo campeón mundial de los súperpesados ! Así podría haber sido la crónica de un periódico habanero del domingo 5 de abril de 1915.
No se habló de otra cosa en la capital cubana.
Sobre la pelea, llamada la del siglo por los promotores, se levantaron cientos de especulaciones, especialmente por la extraña forma en que cayó Johnson.
Los técnicos y testigos aseguraron que Johnson no parecía un hombre noqueado por un golpe; pero pasarían varios años antes de que la verdad sobre la pelea saliera a la luz pública y todos comprendieran que habían sido engañados por una mafia que dominaba el boxeo profesional. Un poco de historia John Arthur Johnson nació un 31 de mayo de 1878 en Galveston.
La mayor parte de su infancia la pasó trabajando como fregador de platos y no tuvo una buena educación. Desde pequeño despuntó por su gran peso corporal y tamaño.
Estas características físicas lo impulsaron hacia el boxeo.
Poco a poco su nombre comenzó a sonar en las arenas de California.
Su momento más importante fue cuando el 3 de febrero de 1903 derrotó, en Los Angeles, a Denver Ed Martin por la “corona de los súper pesados de color del mundo.” El siguiente paso fue desafiar al por entonces campeón mundial, Jim Jeffries; pero este se negó a enfrentar a un boxeador negro. La oportunidad de Johnson llegó en 1908.
Ya Jeffries se había retirado y el mejor hombre era Tommy Burns.
Sydney, la capital de Australia, acogió el duelo entre los dos gigantes.
Burns aceptó el desafío porque los patrocinadores le aseguraron de antemano una cifra cercana a los 30 mil dólares. Sobre el ring de la Bahía de Rushcutter todo salió muy bien para Johnson y en el round 14 la policía tuvo que irrumpir en el escenario para dar por terminada la pelea.
Burns apenas podía sostenerse sobre sus pies.
Jack Johnson era el nuevo campeón del mundo de los súperpesados. Sobre esa pelea se ha escrito mucho, sobre todo por su significado, ya que por primera vez un negro era el monarca de una división considerada hasta ese momento solo para blancos. El novelista Jack London escribió acerca de la hazaña en un periódico neoyorquino: “fue un encuentro entre un coloso y un pigmeo.
Burns no fue más que un juguete en las manos de Johnson.
Depende ahora de Jim Jeffries salir de su finca y borrar la sonrisa dorada de Johnson.” La fama adquirida por Johnson fue el factor decisivo que impulsó a Jeffries a retornar desde su retiro y aceptar ahora la pelea contra el nuevo campeón.
Más de 22 mil fanáticos se reunieron en Reno, Nevada, el 4 de julio de 1910 para presenciar el tan esperado combate.
La mayoría esperaba ver caer al hombre que había desafiado a los serios conflictos raciales de la época. Pero Johnson fue demasiado para Jeffries quien cayó a la lona en el round 15 luego de recibir un fuerte golpe.
La esquina tiró la toalla. Jack Johnson fue famoso tanto dentro como fuera del ring.
Su segundo matrimonio, con la acaudalada Etta Duryea, blanca y de alta sociedad, levantó protestas en muchas partes.
Ocho meses después de la boda, Etta se suicidió. En pocos meses Johnson abrió en Chicago su propio negocio: el club nocturno Café de Champion.
Allí se le vio varias veces con Lucille Cameron, una secretaria blanca. Aquel “desafío” enfureció más a las autoridades y el famoso juez Kenesaw Mountain Landis (años más tardes Comisionado de Béisbol de las Grandes Ligas), condenó a Johnson a un año de cárcel y una multa de 1000 dólares por violar la Ley Mann que prohibía el movimiento de mujeres a través de los estados con “propósitos inmorales”.
Johnson apeló a la sentencia; pero antes se casó con Lucille.
Como sabía que su caso no iba a prosperar decidió marcharse de los Estados Unidos y estuvo por diversas naciones como Canadá, México, Francia.
En París organizó algunas peleas contra luchadores para ganarse la vida; pero él deseaba regresar a su país y vivir en paz con su esposa, además, también estaba su anciana madre a la cual no podía visitar por miedo a la prisión. En Londres, el promotor Jack Curley se puso en contacto con Johnson para arreglar una nueva pelea por el título del mundo.
Al principio iba a ser en México; pero el temor ante el alzamiento de Pancho Villa la desvió hasta El Paso, Texas.
Johnson no estuvo de acuerdo con el lugar por la condena que pesaba sobre él.
Esta serie de acontecimientos dejaron el camino preparado para que La Habana sirviera de sede al encuentro entre el monarca y un desconocido, el gigante Jess Willard. La “Gran esperanza blanca”, como llamaron a Willard, era un campesino de Kansas a quien realmente no le interesaba mucho el boxeo; pero era su forma de subsistir.
Con 34 años y una pobre historia como luchador, pocas esperanzas le daban los entendidos cuando se enfrentara contra Johnson. Lo que muchos ignoraban era que la pelea estaba comprometida desde el inicio.
Los verdaderos detalles internos fueron dados a conocer por Johnson en sus memorias.
El campeón recibió una suma cercana a los 30 mil dólares por perder el combate y también la posibilidad de regresar a los Estados Unidos. Ya sobre el ring, Johnson dominó los primeros rounds del encuentro pactado a 45.
Eso parece que incomodó a los apostadores, sobre todo al promotor Curley, quien se acercó a la esquina del campeón, en el round 10, para recordarle el “pacto”. Pero Johnson le respondió que su mujer todavía no tenía el dinero.
Lucille Cameron estaba sentada cerca del lugar donde combatía su marido.
Curley se fue.
En el round 25 Lucille recibió la cantidad acordada y le hizo una señal a Johnson con el ojo.
Este la captó y le ordenó, también mediante gestos, que abandonara la sala.
Como declaró en sus memorias, no quería que su mujer lo viera golpeado y en el piso. Johnson esperó un round más, el 26, y dejó penetrar un fuerte golpe de Willard.
Cayó al piso y tuvo la mala suerte de que el fuerte sol habanero de la tarde incidiera directamente sobre sus ojos.
Esto lo llevó a taparse la cara con los guantes.
Ningún boxeador noqueado, como supuestamente estaba Johnson, hubiera acertado a taparse la cara.
Para muchos esa fue la más clara señal de la trampa. Jess Willard fue proclamado nuevo campeón mundial de los súperpesados y Johnson pudo regresar a los Estados Unidos.
Cumplió el año de la condena por el “crimen”.
Su matrimonio con Lucille Cameron no duró mucho más y se divorciaron.
Un tiempo después Johnson se casó con Irene Pineau.
Nunca tuvo hijos. La vida del gran campeón terminó de forma trágica.
En la noche del 10 de junio de 1946, Johnson estrelló su carro contra un poste y falleció.
Tenía 68 años.
En 1954 fue exaltado al Salón de la Fama del Boxeo.

   

 

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