Es común escuchar los términos de intra y extramuros al hablar de La Habana, y esto se remonta al año 1664, cuando el capitán general Francisco Dávila Orejón rodea a la ciudad de un foso con trincheras de tierra, para defenderla de los múltiples ataques de piratas.
Pero no fue hasta diez años más tarde cuando el monarca español ordena la construcción de una muralla de cantería que iría desde La Punta hasta el Arsenal, con baluartes, garitas y puertas con puentes levadizos, al principio dos y luego hasta nueve.
Todo lo que quedaba dentro del recinto era llamado intramuros, asiento preferido de los peninsulares, mientras el resto, extramuros, era habitado preferentemente por los llamados naturales del país o criollos.
En agosto de 1863 comenzó el derrumbe del gran muro por las Puertas de Monserrate y poco después la construcción de importantes edificios en lo que fueron las murallas y el glacis o espacio libre.
Algunos fragmentos de la muralla se conservan hoy como testimonio del pasado: el más grande es la Puerta de la Tenaza y se halla en Egido y Desamparados, donde se destaca un lienzo de la mole.
También en Egido frente a la estación central de ferrocarriles, se conserva parte de lo que fue el cuerpo de guardia de la puerta Nueva, mientras en la intersección con Teniente Rey se halla otro fragmento.
Frente al Museo de la Revolución, en la Avenida de las Misiones y Refugio, es posible observar lo que siglos atrás fue el Baluarte del Ángel.